Aprendiendo a ver

NORTE: AGUA, profesión; negro-azul.
Había quedado con una amiga en almorzar juntas en un restaurante.
Cuando entro, me cruzo con una mujer y me divierte ver como su mirada
va, rápidamente, desde mi cabeza a mis pies y otra vez a mi cabeza.
Típico, me digo.
Es que las mujeres tenemos ojos certeros: en el tiempo que dura un parpadeo
ya hemos calibrado cada detalle de lo que lleva puesto el otro, cómo
se peina, qué edad tiene, qué hay de coherente o incongruente
en su imagen.
La mirada merece una atención especial. Las hay de todo tipo:
generosas o competitivas, que nos visten o nos desvisten, que nos seducen
o ponen en pie de guerra, neutrales , impávidas, temerosas, arrebatadoras.
En general, la de los hombres corresponde a lo que clasifico como "mirada
globalizante". Hacen mayor hincapié en la totalidad aunque
su ojos tiendan a focalizarse en determinadas zonas, iconos del fetichismo
masculino.
Ellos saben, muchas veces inconscientemente, que la seducción pasa
por la armonía. Armonía en nuestra manera de movernos y
de hablar, de utilizar la indumentaria como una expresión de lo
que somos.
En general, las mujeres no estamos tan seguras de esto. Y no siempre miramos
para evaluar posibles competencias. La mayor parte de las veces lo hacemos
para corroborar aciertos o desaciertos... ¡en nosotras mismas! Usamos
la "mirada comparativa".
De hecho, la mirada es comunicación. Y la finalidad de toda comunicación
es reducir el grado de incertidumbre que se nos pueda plantear al accionar
en la realidad.
En mi profesión, como asesora de Imagen Personal, es necesario
tener una idea inmediata de quién es el otro. Hay que saber escuchar
y observar sin juicios previos.
Cuando hablo de observar la primera imagen que se me presenta es la de
un niño pequeño, todavía no condicionado -no totalmente-
por la sociedad o por su familia.
Los niños ven. Miran un árbol y ven ese árbol con
todas sus cualidades específicas más allá de la especie
a la que pertenezca: sus hojas, sus habitantes, su color, su tamaño,
los dibujos entrelazados de sus ramas.
Recuerdo a mi hija cuando tenía dos años. Se acuclillaba
a mirar una hoja caída o una flor detenidamente. Y veía
más que yo, que pasaba de largo diciendo -Si, una hoja seca- o
-Eso es una rosa-. Y entre hoja seca y rosa todavía me quedaban
compartimentos para seguir encasillando. Sin embargo, la visión
de mi hija abarcaba mucho más que la mía.
Y de eso se trata el saber observar: poder abarcar al otro como totalidad.
Seamos conscientes de que no existen dos personas iguales. Cada uno de
nosotros tiene una imagen corporal propia (más allá de que
la moda nos quiera colocar a todos en un mismo molde), diferente forma
de procesar las emociones, de encarar la realidad y, por lo tanto, una
experiencia de vida que es única y particular.
El asesor debe saber leer las cualidades del Yo Soy de la persona que
viene a verlo. No se puede descubrir el estilo del otro sin saber quién
es. Es más: no se pueden adaptar las tendencias de la moda de la
indumentaria a un cuerpo físico específico sin conocer,
por lo menos, un atisbo de su alma.
La elegancia y, en definitiva, la belleza no son otra cosa que armonía.
Y si la armonía tiene forma también tiene contenido.
En la formación de asesores de Imagen Personal esta es la parte
más difícil de trasmitir. Un asesor debe tener nociones
básicas de psicología y estar dotado para utilizarlas con
precaución, pero también debe conocer sobre moda, sus accesorios
y sobre todo aquello que conforme la imagen corporal.
Sin embargo, si logramos VER hemos allanado la mitad del camino y hemos
crecido en nuestro desarrollo personal.
Claudia Abal*
Asesora de Imagen Personal y Estilo
claudiaabal@gmail.com
*Diseñadora textil y de Indumentaria
Asesora de Estilo e Imagen Personal
Ex-diseñadora de Making Fashion, Madrid
Colaboración con el Instituto Español de la Moda y con Centro
Moda, Barcelona
Ex-gerente de producto de Cacharel
Postgrado en Técnicas Corporales. Universidad del Salvador (USAL)
Postgrado en Coaching Ontológico, Universidad del Salvador (USAL)